Un Festival con historia

Un Festival con historia

Por El Festival

 

Como todas las buenas ideas, y bueno, para ser justos, también las malas, nací entre comentarios, preocupaciones, risas y ganas. Pude haber nacido de muchas formas, por supuesto, pero mi llegada fue un clásico: vi la luz en una charla en la que se estaba “arreglando el mundo”, como suele decirse cuando las ganas se suman con la intención de actuar y las preocupaciones por el presente y lo que vendrá…

Surgí de las preguntas, buenas intenciones y opiniones de “los muchachos”, como aun se les conocía a los integrantes de las FARC-EP que, en ese momento, agosto de 2017, entraban a un proceso del que todos hablaban y al que todos le tenían gran ansiedad: salir de las montañas, selvas, valles y ciudades para entrar en un proceso de agrupamiento en lo que se llamó Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN).

Allí iban a dejar de ser guerrilleros y guerrilleras para iniciar el tránsito a la “vida civil”. Las preocupaciones no eran menores, al fin y al cabo no todos los días la guerrilla más antigua del mundo se declara en proceso de paz.

Luego de varias charlas, coordinaciones, trasnochos y vigilias se me puso nombre: Festival “Agua Bonita se pinta de colores”. Festival, porque la intención siempre ha sido de fiesta e integración; Agua Bonita porque así es el nombre de la vereda a la que llegamos, en Montañita, Caquetá; y Se Pinta de Colores, porque la idea siempre fue hacer un encuentro de grafiti y muralismo que vinculara ex guerrilleros y exguerrilleras, la comunidad de Montañita y personas fuera del departamento Caquetá.

“Realizamos este festival como un mecanismo para construir memoria sobre lo que ha sido el conflicto y el proceso de paz”, dijo con mejores palabras Federico Montes, coordinador político de lo que ahora es el poblado Héctor Ramírez.

El primer Festival (en ese momento no se decía “primer” porque no se sabía que tan buen resultado iba a tener), fue todo un acontecimiento. El día que llegaron los urbanos (en lenguaje guerrillero: gente que no es del campo), todo fue un suceso. Para la mayoría de los 300 exguerrilleros y exguerrilleras que llegaron a Agua Bonita, y las personas civiles invitadas de Montañita y Florencia, no era cosa de todos los días ver a muchachos y muchachas que de varias ciudades del país con sus sprays, sus pinturas, sus pinceles, sus papeles que parecían mapas; sus pintas extrañas, sus peinados, sus formas distintas… en fin. Fue un éxito y yo, el Festival, y quienes me organizaron dimos mucho de qué hablar, en positivo, claro está.

Las pocas construcciones que se habían levantado quedaron llenas de colores y mensajes. En su momento, uno de los participantes los resumió así: “muchachas y muchachos, no están solos, esta paz no va a ser fácil; pero nada, somos más, siempre seremos más”, y sí, aunque hoy ya no nos acompañan 130 de esas muchachas y muchachos que firmaron la paz, seguimos convencidos y convencidas de que somos más. Y sí, escribo “seguimos”, porque qué soy yo, si no uno más.

En 2018 se realizó el segundo Festival, mucho más grande, con más muros para pintar; una experiencia organizativa mejor aterrizada y la oportunidad de integrarse a diversos comités de trabajo dentro del mismo ETCR. Para la segunda versión en Agua Bonita se había pasado de ser una ZVTN a un ETCR (Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación). ¿La diferencia? En la primera forma jurídica los excombatientes aun tenían armas y caletas que poco a poco se dejaron en poder de la ONU para su destrucción. En la segunda, ya sin más armas que la palabra empeñada y las ganas de construir reconciliación, el enfoque principal era la capacitación y conformación de proyectos productivos en un modelo de reincorporación comunitaria. Todo muy bonito en el papel, pero con enormes dificultades en su implementación.

En el 2018 fui un Festival mucho más grande. Incluimos a comunidades de veredas aledañas y una programación en que las personas asistentes pudieron conocer un poco más de cómo se lleva la vida en un ETCR, con sus madrugadas, jornadas de trabajo, calor intenso y trabajo colectivo en pro de un bien común: hacer de Agua Bonita un territorio de reconciliación.

Y ahora llegamos a la tercera versión, la de este año 2019, que ha sido distinta. Y no solo por lo que trae el paso del tiempo, sino por las nuevas condiciones de la paz en el país. Esta tercera edición carga en sus hombros la valentía de continuar con la cara en alto a pesar de las inconsistencias en la implementación de lo acordado, por el asesinato de más de 130 firmantes de paz, por la vuelta a la guerra de personas que creyeron en el proceso, por una Latinoamérica que se desestabiliza, por un odio que cree salirse de su cauce.

Una tercera versión que, sin embargo, encuentra en Agua Bonita ya no una ZVTN ni un ETCR sino un Poblado, el primer centro poblado de excombatientes de FARC. Es decir, un espacio en el que antes vivían guerrilleros y guerrilleras y ahora son dueños de la tierra; un espacio del que no se van tan fácil, porque, como afirma Mariana, ex guerrillera que administra la miscelánea del poblado: “Aquí llegamos, aquí empezamos a echar raíces, hijos (se ríe con picardía) y aquí nos quedamos”.

Esta versión no es desesperanzadora. ¡Jamás! Ni está llena de tristeza, por el contrario: es la versión en la que más cómodo y feliz me he sentido. Desde antes de la llegada de las delegaciones de grafiteras y muralistas (sí, en femenino porque su presencia este año fue contundente, no solo en número, sino en calidad) todo fue alegría. Luego de dos ediciones anteriores ya la comunidad entiende mucho más el valor simbólico de los murales y grafitis, haciendo que la vinculación con los habitantes del poblado sea mayor. “Es que lo que me gusta es que ya he aprendido y ya puedo decirles a las personas que vienen que yo les puedo ayudar”, dice uno de los niños, de más o menos 12 años, que habita el poblado y va feliz con una lata de spray resaltando las líneas que una de las muralistas le dibujó con tiza.

Me despido con una certeza: serán muchas versiones más porque lo que se cocina acá no es solo un encuentro de muralistas y grafiteras y grafiteros, sino la construcción del primer pueblo muralista de Colombia. Uno surgido de los Acuerdos de Paz, uno surgido del tesón de quienes construyen ideas para la reconciliación y una Colombia Nueva.

Nos vemos en 2020,

El Festival.