Manuel Arenas

Manuel Arenas

Por María Aureliana Buendía

A las ex guerrilleras y guerrilleros firmantes del Acuerdo de paz asesinados por acción y omisión del Estado colombiano

Corría desesperadamente, más con el cerebro que con las piernas y los pies,  corría y sentía el viento frío en la cara. Pero no había frío en el ambiente, la temperatura era del cálido atardecer, hubiera podido ser una caricia, en cambio era el frío del miedo, casi lloraba y su cuerpo entrenado tensionaba todos los músculos, era como un resorte, saltaba, cuando no corría evadiendo piedras, huecos, matorrales, palos grandes y pequeños.

Aguzaba el oído como el mejor de los músicos, tenía que saber, adelantarse a sus perseguidores, así fuera por fragmentos de segundo. Defender la vida no es una consigna, por lo demás bonita. En Colombia defender la vida se ha convertido en un arte y Manuel Jacobo lo dominaba. Desde niño había conocido el arte de sobrevivir, lo hacen millones de pobres, de excluidos, esos números de las estadísticas. Oír, ver y callar para seguir respirando.  

Lo siguió aprendiendo en la guerra, cuando las circunstancias de su vida en vez de mejorar, empeoraron y de qué manera, cuando llegó Álvaro Uribe a la presidencia. Gigantescos operativos por tierra y aire contra las comunidades, que por pobres, que por los cultivos, que por apoyar a la guerrilla, que por no tener títulos de la tierra, pero también por tenerlos. Detenciones masivas, desapariciones, muertos, heridos vieron sus ojos de niño-adulto. Recuerda que en medio del dolor y el hambre, resistieron. Entonces llegaron los paramilitares y ya no hubo alternativa sino el monte, la selva, la guerrilla.

En las FARC-EP aprendió que oír, ver y callar puede ser muy útil para combatir. Es decir, aprendió que los sentidos son armas, sabiéndolas usar. Distinguir el ruido de las cosas al caer naturalmente o cuando alguien avanza. El olor del monte al amanecer interrumpido por un perfume extraño, poder ver a 1000 metros un movimiento imperceptible o a un metro una rama que no debía estar quebrada.

Los humanos somos la especie que mejor corre, el cuerpo logra bajar la temperatura, respirar por la boca y el cuerpo erguido ofrece menos resistencia, Manuel Arenas lo sabía de la práctica. Pero nada de eso era realmente lo que lo movía de manera excepcional: era la vida que llevaba apretada contra su pecho. Su pequeño hijo, el del amor, el de la vida, el del cambio, su inspiración, uno de los hijos de este dolorosísimo proceso. Ese montón de genes mezclados de su amada compañera y suyos, de sus ancestros, de sus antepasados, palpitando en un pequeñísimo cuerpo mucho más liviano que un fusil.

Debía a como diera lugar salvar la vida de su hijo y la propia. Esa era la fuerza sobrehumana que lo hacía correr, pensar, adelantarse y vencer a sus perseguidores. Días antes, los criminales facinerosos, habían atacado el proyecto piscicultor de reincorporados en Dagua Valle. Con una segueta cortaron la manguera de desagüe del tanque de miles de tilapias produciendo su muerte. Más de siete mil alevinos no podrán ser el sustento de los antiguos guerrilleros y guerrilleras firmantes del Acuerdo de Paz. Esa Tilapia Roja no llegará a las mesas de cientos de campesinos y pobladores de la región.

Los peces son peces, nada más. En cambio, Manuel Arenas es el ejemplo, es la templanza, es la historia de este país. Hay que matarlo. Y a su hijo, matarlo. A Manuel Arenas el poder no le perdona haberse rebelado, haber luchado por la justicia social, por los pobres, por la inclusión. Y más, que siga siendo de los mejores, que trabaje, que produzca, que muestre el camino de la equidad y la paz. Que tenga un hijo y lo ame con ternura.

Manuel Arenas, es demasiado para este país de asesinos, corruptos y malhechores. Es difícil sostener la mirada digna de su único ojo sin sentir vergüenza ante este Hombre. Imaginar que solo en sueños puede recorrer la piel de su hijo con las manos, enredar los dedos en su suave cabello, en la vida real, Manuel Arenas perdió en la guerra las manos y un ojo.

A Manuel Arenas ya no podrán matarlo, su vida resume la lucha del pueblo contra un Estado mezquino, indolente, criminal, mafioso; en él viven los valores y principios de todos los y las guerrilleras sacrificados en este proceso. En su memoria, jamás nos detendrán, vamos a correr hasta lograr un mejor país para todos los colombianos.